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Habito las tormentas y con ellas muero un poco, nacen de mis entrañas y maman de mis pechos, gritan en mis brazos y se asfixian en mi garganta. Soy la tormenta, la desgarradora, la agobiada por si misma, la indomablemente desesperada, la triste, la temerosa, la temida, la angustiosamente violenta, la redentora, soy verde, azul y negro, soy noche sin estrellas, luna en proceso de menguar, soy llanto y soy sangre. Soy el molino de los sueños y de las pesadillas, los traigo a la vida con mi vida, sé que no hace falta dormir. De ellos he aprendido la fuga, me escapo como el agua de las manos, no importa dónde, no importa cómo, huyo de la vida, la muerte no es motivo de espanto, la muerte es en mí; grande, no tan grande, pequeña, muy pequeña, nunca insignificante. Pido a las flores sus dones alucinógenos para caer en el río sin una gota de conciencia, no me aturde la lluvia, no me enfría el viento y mi país no es el de las maravillas. Soy sola, tan sola que deseo un beso antes de morir. La angustia me trenza los cabellos y la desesperanza me mira a los ojos. Tengo náusea, es la incertidumbre. Las cuencas de mis ojos son dos tumbas tibias cuyos restos malditos están ya cansados de lamentarse, no tengo alma, murió en el intento de ser mía. El caos es mi refugio, duerme silencioso en mis venas para doblarme el corazón con sus estallares repentinos, después todo es niebla, sopor enfermo de melancolía, es frío sosegado por la luz de una vela, es una lágrima protagonista que se arrastra como la última gota de lluvia por la ventana y yo soy un hada que hace brujería.
Filomela
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