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Esta es mi historia, empieza tan allá que casi no recuerdo dónde está el principio, pero en definitiva es la historia de mi vida. Yo nunca fui una persona normal o, por lo menos, nunca me sentí así. Mi infancia no fue normal, mi adolescencia tampoco; por supuesto el paso a la vida adulta tampoco lo fue y ahora con 29 años puedo decir que rozo la normalidad pero tengo mis crisis, ¡cómo no! Después de una etapa digamos normalizada, viene una crisis, una de tantas… Estas crisis se presentan de muy diversas maneras, depende de por qué me de en ese momento. Mis locuras han ido variando dependiendo de la situación emocional en la que me encontrara. He intentado suicidarme tomándome 50 pastillas casi sin enterarme y por este motivo sufrí un coma profundo, que superé casi sin enterarme tampoco. He cruzado borracha una y otra vez por una calle intentando que me atropellaran y, al no conseguirlo, llena de desesperación y amargura, sentimientos que me acompañan demasiado a menudo, se me ocurrió romper con el codo un cristal inmenso de un edificio que me costó tres puntos de sutura y una visita a mi psiquiatra. He robado ropa que podía comprar, he robado dinero, he pegado a una persona hasta que me han separado y después he llorado con todo el dolor de mi corazón, con una angustia tal, que parecía que el mundo se acabara, todo por sentirme culpable de estos actos que llevo a cabo, no sé muy bien cómo ni por qué. He tomado algunas drogas, pocas, la verdad, pero sí mucho alcohol, más del que se pueda imaginar y si pudiera devolverlo todo, seguramente daría para poner una tienda de licores. Muchas de mis tonterías han estado patrocinadas por alguna marca de bebida. Una vez participé e incité a ocho personas a quitarse los pantalones en una estación de tren muy transitada y encerraron en el calabozo a seis de esas personas, las otras dos personas éramos mi novio y yo, que por nuestra cara de buenos niños nos libramos. La verdad es que mi pareja sólo ha participado activamente en un 8% de mis locuras, las otras, las he “disfrutado” yo solita. Claro que él ha vivido el otro 92%, de mis tonterías desde fuera, donde seguramente se ve todo de una forma muy distinta. Me ha entendido, perdonado, ayudado y dado toda su fuerza y amor para que todo siguiera adelante, la verdad es que sin él yo hoy no estaría aquí, sin él y sin una ayuda que nunca podré agradecer del todo: la de mis padres. En una ocasión dije que me habían robado unas personas (con la denuncia correspondiente claro) y por eso llevaba un corte de seis centímetros en el brazo, cosa que por supuesto no era verdad… en realidad, me corté intencionadamente con un vaso, para hacerme daño, algo que me suele aliviar el vacío interno y el desazón que padezco a menudo. La última, mi última locura, ha sido tatuarme con un cútex el nombre de mi novio, qué gracia ¿verdad? ninguna, pero a mí en ese momento me alivió el dolor, ese dolor interno que una herida puede despistar, aunque nunca curar. Ahora sé que simplemente quería hacerme daño a mí misma. Busco aquello que me haga daño física o psicológicamente, aquello que más dolor me pueda producir para autodestruirme, lo busco en los momentos de desesperación, de vacío, de dolor, aquellos que desgraciadamente han poblado la mayor parte de mi vida. Simplemente es la manera que tengo para solucionar mis problemas, no sé de otra. Estuve 4 meses en un centro de día para enfermos mentales, después de que un psiquiatra me diagnosticara esquizofrenia. Salí del centro con otro diagnóstico muy diferente: neurosis. De aquí para allá, siempre así, harta de que sea así pero impotente por no poder evitarlo. Después de encontrar la vocación de vida, casi lo estropeé faltando al trabajo sin avisar antes. Era sencillo, solo tenía que llamar antes, pues no, yo nunca hago las cosas de forma sencilla. Ahora me conformo con hacer una sola cosa bien, quiero demostrarme como mínimo a mí misma que puedo hacer al menos una cosa bien, con una sola cosa que no estropee en mi vida ya me sirve. Defraudar a las personas que confían en mí es otra de las “virtudes” que poseo, cuando todo va bien, cuando todos han vuelto a confiar en mí, yo me ocupo de estropearlo, esa soy yo. Siempre me he sentido vacía, yo pensaba que era por el abandono de mi madre biológica cuando era bebé, pero ahora sé que eso solo era un pero más, uno de tantos, uno de los que forjó mi personalidad, esa tan extraña y que nadie se atreve a diagnosticar. Ahora sé que el vacío no viene de mi historia personal de la infancia o por lo menos ese es sólo una parte del vacío que he sentido y siento. El vacío del que yo hablo es un vacío eterno, es una búsqueda de algo que no existe, de lo imposible, algo que llega al infinito y nadie ni nada puede llenar. Sea lo que sea que falta en mi corazón, ese trozo que alguien me robó, no tiene solución. Intento ser normal, tener unas relaciones personales normales, un trabajo normal, una vida normal en definitiva, pero me cuesta horrores. La gente no entiende que la autodestrucción me persigue cada día y he de luchar contra ella cada minuto de mi vida. Es realmente complicado seguir las normas del juego, las normas de la vida, para gente como yo, los que llevamos, sin querer, los sentimientos por bandera. Por eso, yo definiría mi vida como una montaña rusa, ahora arriba, feliz y, al instante, abajo, hundida. Lo importante es que no hace falta que pase nada extraordinario para que mis sentimientos cambien, una hoja que no cae, un suspiro que no llega, un segundo que no pasa, es suficiente para tocar el cielo con mis manos o el infierno con mis pies. Ana
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