TRISTEZA ESCALOFRIANTE

Febrero 15, 2010

Derecha, en el primer peldaño del portal, temblaba intermitentemente por espasmos intercalados de desesperación. Quedaba de pie, con el frío abofeteando los ojos entumecidos de lágrimas. Era incapaz de retener aquella tristeza abrumadora que la asumía a ser un solo pensamiento. Cada paso adelante era un escalofrío sádico de dolor que la dejaba helada. Retenía el sabor de cada gota que caía por encima la carnosidad de sus labios inertes remojados de agua salada. Recogió, con movimientos dóciles, las llaves escarchadas de pánico. Un gesto tan triste que la luna se detuvo para observar de reojo su dolor. Entonces, la luna, era su escudo que la abrigaba a ratos cuando al mirarla, con su luz, la acariciaba balanceando su cuerpo entre sueños de algodón-flojo.

Entró. Repasó las paredes de color de la entrada, persiguiendo el zócalo de màrmol. Encontrando los buzones de aluminio para tropezar con el nicho que guardaría sus nombres. Sentía la muerte próxima. Se olía desde allí el olor a carne podrida, desbarajuste de culpas que se atrincheraban a su llegada. Entró en el ascensor. Subió. La llave la tenía en la mano. Abrió. Entró. Se detuvo. Una invasión fortuita la atrapó dentro del espejo de la entrada. Se vio reflejada y se asustó de verse cubierta de soledad, de tristeza, de sensaciones agrias. Se arrodilló cayéndose al suelo de un solo golpe, breve, contundente.
Apaciguar el fuego latente era una quimera bastarda. Era más doloroso el deseo utópico de apagarlo que asumirlo. La hoguera quemaría los rastrojos podridos para florecer de nuevo, con las cicatrices tatuadas en la piel.

By *Borderline ®

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